Me encuentro estos días con 2 situaciones donde alguien se alegra de que ha llegado el final de su periodo de aprendizaje.

Por un lado, me envía un whatsapp una persona que acaba de finalizar su último examen del curso y me dice: “Me ha salido genial. Bye, Bye, hasta el año que viene”

Lo entiendo todo. Hasta este mensaje. Después de un gran esfuerzo y de una dedicación casi en exclusiva a tareas de aprendizaje, es una alegría grande ver que el esfuerzo sirve para algo, que la misión ha sido cumplida y que ya no será necesario volver a hacer ese esfuerzo hasta dentro de 4 meses.

El otro caso es más sutil. se trata de una persona que ha finalizado sus estudios reglados. Ha llegado al final. Ha alcanzado la meta. Por fin abandona la vida de estudiante y entra en el mundo laboral. Casi a la vez. Ni un día de descanso. De un estado al otro, de un día para otro. Tiene suerte y ella lo sabe.

Aún así, no es facil. Pasar de la vida de estudiante a la vida laboral requiere un proceso de adaptación.

En este caso, también lo entiendo. Ya lo dice la tuna: “Triste y sola, sola se queda la escuela,  triste y llorosa, se queda la facultad”

Las 2 personas piensan lo mismo, cada una desde una posición distinta, por fin se ha terminado mi etapa de aprendizaje. La una por 4 meses, para continuarlo de nuevo en un tiempo. La otra de forma más duradera.

En ambos casos, tras la euforia del final. De la llegada a la meta tendrán que entender que el aprendizaje no se acaba nunca. No hay tiempo que perder. Tras el esfuerzo viene un merecido descanso, pero hay que ponerse en marcha de nuevo y seguir aprendiendo. El reloj no se para.